En 2026, hacer un disco largo sigue siendo un acto de resistencia: negarse a convertir la música en simple contenido.
Texto por: @RturockGarza | Fecha: 01/11/2026
Hay algo de terquedad en hacer un disco de once tracks en una época en la que parece que todo debe caber en un sencillo de dos minutos y una campaña de TikTok. Seele, banda de Tijuana que se autoentiende una banda de post-hardcore, apuesta por lo contrario con “Laberinto de los Grandes Lagos”, su primer álbum de larga duración: un viaje melancólico, crudo y por momentos catártico, donde el hardcore, el art rock, el folk y las atmósferas experimentales conviven sin pedir permiso. No todo aterriza con la misma fuerza, pero hay una intención clara detrás de cada desvío.
El recorrido comienza con “Los Lagos”, una pieza melancólica que construye su propio paisaje a través de capas ambientales, guitarras mordaces y una sensación de ensueño que amenaza con romperse en cualquier momento. “Oxímor” sube la intensidad y juega con el spoken word y los estallidos de hardcore. Hay músculo técnico, texturas y un motivo de cuerdas que funciona como ancla, aunque por momentos la mezcla se siente burda y una especie de neblina sonora le resta definición.
“Detrio” continúa la apuesta con una introducción que parece salir de una radio antigua, convocando al pueblo a la revolución. Sus más de seis minutos permiten que la banda despliegue recursos instrumentales sin demasiadas concesiones. El puente alrededor del minuto tres es uno de sus mejores momentos: una pausa que no solo da aire, sino que parece obligar a la propia canción a mirarse al espejo.
“Veintidós” cambia las reglas con una entrada onírica, casi indie, que crece hacia una sección de mayor accesibilidad antes de regresar a los terrenos intrincados del hardcore. “Hermetismo”, por su parte, aprovecha las voces iniciales, los cortes rítmicos y el doble pedal para mantener el dinamismo.
El disco también sabe cuándo soltar el acelerador. “Preservar” se acerca al rock pop, incorpora voces femeninas y una cadencia casi bailable. “Abisal” sorprende con arreglos de cuerdas que coquetean con el jazz, mientras “Sheol” se convierte en uno de los momentos más arriesgados del recorrido. Entre voces femeninas, cuerdas acústicas, folk, art rock y pasajes casi orquestales, la canción se siente como despertar después de un viaje demasiado largo. Las voces en off añaden una dimensión metafórica que le da personalidad propia.
“Empíreo” abre paso a “Somos Todo Lo Que Hemos Hecho”, donde los riffs más accesibles conviven con la energía explosiva que atraviesa el material. Finalmente, “Domloop” cierra el trayecto con piano, texturas ambientales y sonidos que evocan instrumentos de viento. Más que una despedida convencional, parece la sensación de volver a casa después de haber estado demasiado tiempo lejos.
“Laberinto de los Grandes Lagos” tiene corazón y ambición, dos cosas que no siempre van juntas. También tiene áreas de oportunidad: la producción y la dirección sonora necesitan mayor precisión para que tantas ideas encuentren su lugar sin perder claridad. Hay momentos en los que la densidad funciona como virtud y otros en los que termina jugando en contra.
Aun así, hay algo valioso en una banda que se permite explorar, equivocarse y estirar sus canciones más allá de lo conveniente. Para Seele, este primer álbum de larga duración funciona como una declaración de intenciones: todavía hay territorios por explorar y caminos que no conducen necesariamente a un sencillo de tres minutos. En 2026, hacer un disco largo sigue siendo una forma de resistencia. No porque cada minuto tenga que ser indispensable, sino porque negarse a reducirlo todo a contenido también es una declaración de principios.
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