“Aún es de noche en Caracas” deja de lado héroes épicos; lo esencial son las decisiones para sobrevivir.

Texto por:   @Sean  | Fecha: 05/02/2026

Lo que podría haber sido un ejercicio rígido de contexto político se transforma, en “Aún es de noche en Caracas”, en una experiencia sensorial de supervivencia. Dirigida por Mariana Rondón y Marité Ugás y basada en la novela La hija de la española de Karina Sainz Borgo, esta película despliega una intensidad que no olvida lo íntimo ni lo social.

 

 

Natalia Reyes da vida a Adelaida, una mujer golpeada por el duelo que, tras enterrar a su madre, regresa a un apartamento que ya no le pertenece. En su lugar, una milicia armada ha tomado el espacio que alguna vez fue suyo. Caracas, en pleno colapso social, se convierte tanto en escenario como en antagonista. La ciudad arde fuera de cámara, pero su eco se siente en cada decisión de Adelaida, atrapada entre el miedo y la necesidad básica de sobrevivir.

 

La película tiene ritmo de thriller, con una edición que mantiene constante tensión y una fotografía que explora la penumbra y la luz de manera contundente. Las escenas nocturnas, en particular, se convierten en terreno emocional: no solo nos dicen lo que ocurre, sino cómo se siente esa realidad en piel propia.

 

En ese terreno narrativo, “Aún es de noche en Caracas” se distancia de los relatos de enfrentamientos épicos o héroes arquetípicos. Lo que importa aquí son las elecciones pequeñas y difíciles, las que nadie querría enfrentar: proteger lo propio, asumir otra identidad para escapar, calcular riesgos minuto a minuto. La violencia que asola las calles es un trasfondo constante, pero la película nos pregunta, de forma casi clínica, qué se sacrifica cuando el mundo exterior deja de ser un marco seguro y se convierte en un campo de supervivencia.

 

La sensibilidad con la que Rondón y Ugás capturan ese paisaje roto, con planos cuidados, uso preciso de la luz y una comprensión profunda del personaje central, convierte “Aún es de noche en Caracas” en un relato necesario. No ofrece respuestas fáciles sobre cómo arreglar una crisis humanitaria o política, pero sí nos muestra con claridad brutal lo que significa vivirla, registrarla y recordar que, incluso cuando todo parece derrumbarse, la experiencia humana se resiste a desaparecer.

 

Nos queda, entonces, una película que se siente tan urgente hoy como seguirá sintiéndose mañana: una obra que no solo exhibe una ciudad en crisis, sino que documenta con respeto y rigor una forma de estar en el mundo cuando el propio mundo se desmorona.